Hay un viejo dicho popular que advierte contra celebraciones antes de tiempo. En política, esa recomendación suele ser aún más necesaria, porque los triunfos anticipados pueden convertirse, de un momento a otro, en derrotas difíciles de explicar. Algo de eso parece haber ocurrido con el candidato presidencial Roberto Sánchez, quien, tras conocerse los primeros resultados que lo ubicaban en una posición expectante frente a Keiko Fujimori, actuó como si el desenlace electoral ya estuviera definido. Según sus críticos, Sánchez no solo se sintió cerca de Palacio de Gobierno, sino que habría empezado a comportarse como presidente electo antes de que los organismos electorales culminaran oficialmente su trabajo. Ese apresuramiento político fue leído por muchos como una muestra de soberbia. En lugar de esperar con prudencia los resultados oficiales de la Oficina Nacional de Procesos Electorales y la proclamación correspondiente del Jurado Nacional de Elecciones, su entorno empezó a proyectar escenarios de poder, cargos ministeriales y eventuales cuotas dentro de un hipotético gobierno de Juntos por el Perú.