El presidente del Banco Central de Reserva (BCR), Julio Velarde, vaticinó hace unos años que el cobre viviría, por estas épocas, un auge impulsado por una creciente demanda. No se equivocó. A mediados del 2024, y más visiblemente el año pasado, el metal clave para el Perú trazó un notorio rally que hacía dudar a algunos analistas sobre su sostenibilidad. Pese a esas cavilaciones, el cobre empezó el presente año con renovados bríos y estampó un récord al superar por primera vez los US$ 6 la libra y ubicarse en US$ 6.28 a finales de enero en la Bolsa de Metales de Londres. Poco después, sin embargo, el mineral fue estremecido por temores a sobreprecios en el mercado y por una corrección técnica (ventas luego de un alza continua). Posteriormente, el inicio de la guerra en Irán lo abatió. Pese a estas caídas puntuales, el cobre exhibe fortaleza y un sesgo ascendente marcado por una sólida demanda y una oferta limitada a nivel global, un desequilibrio que es cardinal para entender su trayectoria. En lo que va del año el precio promedio del cobre asciende a US$ 5.84 la libra, muy por encima de los US$ 4.22 en el 2025, lo que se traduce en abultados ingresos de divisa para países cupríferos como Chile y Perú. Ello asegura copiosos ingresos fiscales, hoy fundamentales para el país, cuyo gasto público corriente, sobre todo en remuneraciones, se desbordó en años recientes y requiere, en contrapartida, de esas entradas extraordinarias para evitar que su déficit fiscal se agrave.