Por Omar Mariluz Laguna, periodista. Las denuncias de fraude y las pugnas de egos en el bloque de centroderecha han acaparado los titulares desde el 12 de abril. Sin embargo, este ruido político solo ha servido para camuflar una amenaza mayor: mientras en este espectro político se despedazan, el flanco radical de Roberto Sánchez y sus aliados avanza silenciosamente. Como advertía el editorial de El Comercio, “hay momentos en los que un país no puede darse el lujo de la dispersión”, y menos cuando lo que está en juego son los pocos pilares que aún sostienen a esta frágil democracia y economía. Es imperativo entender por qué el país no ha quebrado todavía. Ha sido la apertura comercial y, sobre todo, la independencia técnica del Banco Central de Reserva lo que ha permitido que, pese a tener 10 presidentes en 10 años, la economía lograra que 567.000 peruanos salieran de la pobreza en el 2025. Sin embargo, el equilibrio es precario: el 25,7% de la población aún es pobre y, lo más alarmante, uno de cada tres peruanos se encuentra en situación de vulnerabilidad, a un solo problema de salud o falta de empleo de caer en la miseria. En este escenario, el plan de gobierno de Sánchez –extitular del Mincetur, lo que hace su propuesta aún más imperdonable– es una ruta directa al abismo. Bajo el rótulo de ‘soberanía’, propone renegociar los tratados de libre comercio (TLC) y forzar una industrialización por decreto. Es la receta perfecta para el desastre. (Edición domingo).