Por Alejandro Pérez Reyes, CFO de Credicorp y el BCP.La alternancia en el poder es una de las cualidades más saludables de la democracia. La certeza de que cada cinco años podremos acudir a las urnas y revisar nuestras preferencias es una garantía de orden y de capacidad de enmienda: si las cosas están yendo bien, es la oportunidad para apostar por la continuidad; si las cosas están yendo mal, es una válvula de escape que nos permite ajustar el curso.Sin embargo, si bien esta lógica es esencial cuando se trata de administrar el ejercicio del poder y a quienes lo ostentan, no debería llevarnos a asumir que cada proceso electoral es apenas una apuesta por los próximos cinco años. De hecho, la mejor forma de votar (y de gobernar) depende de pensar mucho más allá, de evaluar las decisiones que tomamos con visión de largo plazo: de proyectarnos no al 2031, sino al 2046 o al 2066.Ningún proyecto verdaderamente ambicioso puede, en la práctica, llegar a buen puerto en cinco años, menos aún una visión país.Tomemos el caso de Camisea. El yacimiento fue descubierto por Shell a mediados de los ochenta. Tras varios intentos fallidos, el Estado relanzó el proyecto en 1999 y los contratos se firmaron en el 2000. No fue sino hasta el 2004 que el gas empezó a operar y abastecer al país. Tomó tiempo, tomó esfuerzo, pero el resultado está a la vista: millones de hogares con una fuente de energía barata y miles de millones de soles en regalías e impuestos para el país, con impacto directo e indirecto en el PBI.Camisea no es una excepción. Finlandia en educación, el Reino Unido en salud o Singapur en seguridad muestran que los cambios profundos suelen tomar décadas.