Uno de los peores efectos de la atomización partidaria que enfrenta el país en estas elecciones es la presión que les impone a los candidatos para destacar en un océano de competidores similares. Los incentivos parecen diseñados para polarizar, llamar la atención con ataques gratuitos y plantear propuestas atractivas para grupos específicos de votantes, pero imposibles de aplicar en la práctica.Como era de esperarse, esto es mal que bien lo que se ha visto en los planes de gobierno, durante la campaña electoral y, más recientemente, en los debates de las semanas pasadas. La superficialidad en la discusión de políticas públicas, los insultos y los lugares comunes no son, por supuesto, materia exclusiva del presente ciclo electoral. Siempre han existido. Pero la proliferación de aspirantes a la presidencia ha agravado problemas endémicos.Por ejemplo, de acuerdo con el informe del Instituto Peruano de Economía, publicado ayer en El Comercio, ninguno de los partidos evaluados presenta propuestas mínimamente responsables con el equilibrio fiscal. Más bien, abundan las promesas de trenes, autopistas e incrementos injustificados de sueldos para trabajadores públicos. Otros, además, expanden el costo de su populismo al sector privado, con propuestas de aumentos enormes del salario mínimo y sobrecostos a la contratación formal. El destrabe e inauguración de innumerables obras públicas es una oferta constante; cómo pagar por todo ello está, en cambio, siempre ausente.