Por The Economist."Esto hundirá las economías del mundo", advirtió Saad al-kaabi, ministro de Energía de Qatar, el 6 de marzo. No era una exageración. Días antes, Qatarenergy, que produce la quinta parte del gas natural licuado (GNL) mundial, cerró sus instalaciones de producción y exportación tras los ataques iraníes que afectaron parte de ellas. Incapaz de extraer, procesar y transportar GNL, debido al bloqueo casi total del estrecho de Ormuz por los combates, la empresa declaró estado de fuerza mayor en sus contratos. El precio del GNL se ha disparado en los mercados mundiales. Los clientes, que lo utilizan para generar electricidad, calentar hogares y fabricar productos como fertilizantes, se esfuerzan por encontrar una solución.El alcance exacto del impacto de la paralización qatarí en las economías depende de las respuestas a preguntas cruciales: ¿Cuánto durará? ¿Podrán los países subsistir con las reservas existentes? ¿Y qué parte de esa brecha puede cubrirse con GNL procedente de otros lugares?La primera pregunta es la más difícil de responder, pues depende de las decisiones de tres actores impredecibles: Donald Trump, Benjamin Netanyahu y el nuevo líder supremo de Irán, Mojtaba Khamenei. El 9 de marzo, Trump envió señales contradictorias, afirmando que la guerra con Irán terminaría "muy pronto" e insistiendo en que EE.UU. "iría más lejos". Netanyahu quiere eliminar definitivamente la capacidad de Irán para amenazar a Israel. Khamenei también tiene voz en el asunto. Tras las declaraciones de Trump, Irán declaró que ellos "determinarían el fin de la guerra".