En las alturas de Huancavelica, donde el frío corta la piel y el Internet apenas se conoce, Kipi despierta esperanzas. El nombre, que proviene del vocablo quechua Q’ipi y se traduce como bulto, paquete o carga, no fue puesto al azar. El robot educativo, que se presenta como una niña andina, trae consigo una promesa: que el lugar de origen, por más remoto y humilde que sea, no condicione el destino de los niños peruanos. Creado por el profesor Walter Velásquez en el Laboratorio de Creatividad de Colcabamba, provincia de Tayacaja, Kipi fue una respuesta ante la emergencia sanitaria que limitó el aprendizaje en las zonas más alejadas. El objetivo, respaldado por Kallpa Generación, fue y es implementar herramientas pedagógicas para mejorar la comprensión lectora y escritura de estudiantes de nivel primario en las comunidades donde la conectividad es escasa.Hoy Kipi es reconocido por la Unesco como un ecosistema educativo donde la tecnología tiene propósito social y se convierte en el puente más sólido entre la exclusión y el conocimiento.