El mercado global de metales está enviando señales que, en cualquier otro momento de nuestra historia económica, habría sido el motor de un optimismo desbordante. Sin embargo, la realidad en Perú se escribe en sentido contrario.A pesar de que en la última jornada el oro al contado experimentó un retroceso para situarse en los US$ 4,650.69 la onza, y que el cobre cedió brevemente por debajo de US$ 13,000 la tonelada tras alcanzar picos históricos superiores a los US$ 14,500, el escenario de fondo es innegable: estamos atravesando un superciclo de precios que, paradójicamente, parece estar pasando de largo frente a un país que no logra salir de su letargo.Mientras el mundo demanda desesperadamente nuestros minerales para la transición energética y como refugio ante la volatilidad, nuestra economía permanece anclada en lo que podemos llamar una "trampa del 3%". No saber ejecutar los recursos que se recaudan como consecuencia de la minería y no dinamizar la gigantesca cartera minera del Perú, con 65 proyectos por US$ 63,005 millones, es un error que ya impacta negativamente y pone en jaque a las futuras generaciones.Hay que sumar que existen regiones mineras que -no por falta de recursos, sino de gestión y poco aprovechamiento del contexto de altos precios- encabezan la lista de zonas con mayor incidencia de pobreza multidimensional, como Cajamarca, Apurímac o Áncash, según reciente información compartida por la Universidad de Lima.