"Nosotros somos de Pataz, huevón". El grito le retumbó el tímpano a Víctor, quien estaba tirado en el piso con las muñecas en la espalda, amarradas por un cintillo de plástico que le cortaba la circulación. El hombre que casi lo dejó sordo escupía mientras hablaba. Víctor levantó ligeramente la nuca y solo logró ver sus ojos y boca, porque su secuestrador estaba con un pasamontañas negro, con una metralleta que colgaba de su hombro y vestía uniforme de policía. Víctor, en el piso, solo pensaba en su familia. (Edición domingo)