Por Omar Mariluz. No hay metáfora más precisa para lo que ocurre en Petroperú que la de un barco fantasma tomado por piratas que, lejos de buscar un puerto seguro, prefieren desmantelar la madera de la cubierta para alimentar la fogata de sus propios beneficios. El problema es que esa madera no les pertenece; la hemos pagado todos los peruanos con más de 20,000 millones de soles en rescates que bien pudieron ser hospitales, escuelas o comisarías. Pero en el universo paralelo de las avenidas Canaval Moreyra con Paseo de la República, el dinero público parece ser un maná inagotable. La crisis en la petrolera estatal ha pasado de ser un desastre financiero a una guerra de guerrillas política. Hoy, el campo de batalla tiene dos frentes claros: por un lado, el ministerio de economía y finanzas (MEF), liderado por Denisse Miralles, que intenta aplicar una dosis de realismo -tardío, pero necesario- mediante una reestructuración profunda; y por otro, un bloque variopinto compuesto por el Ministerio de Energía y Minas (Minem), sindicatos anquilosados y políticos que parecen haber quedado atrapados en un viaje psicodélico a los años 60. La reciente renuncia -y posterior "freno"- de la gerenta general, Rita López, es el síntoma más visible de esta infección. No es una crisis administrativa cualquiera; es el resultado de un "petardeo" sistemático desde las sombras. Mario López, asesor de la alta dirección del Minem y figura muy cercana al congresista Ilich López, ha sido señalado como el operador de este sabotaje.