The Economist. Donald Trump es una figura peculiar. Esto no ha impedido que los historiadores aficionados hurguen en el pasado de Estados Unidos en busca de analogías. Su nostalgia por la manufactura evoca la década de 1950. Su amor por los aranceles apunta a la década de 1930. Su vena imperialista recuerda a la década de 1890. Una conferencia de prensa el 3 de enero evocó la década de 1820. Horas después de que las fuerzas especiales estadounidenses secuestraran al dictador venezolano, Nicolás Maduro, de su dormitorio en Caracas para enfrentar cargos de narcotráfico en Nueva York (que él niega), Trump sacó a relucir la "Doctrina Monroe" de aquella época, la hegemonía estadounidense sobre su patio trasero hemisférico. El presidente también mencionó el petróleo, 20 veces. Venezuela posee 300,000 millones de barriles de este recurso, más que Arabia Saudita, pero debido a años de mala gestión, extrae apenas un millón de barriles diarios (b/d), menos que Libia, devastada por la guerra. Ahora, Trump declaró: "Vamos a obligar a nuestras gigantescas compañías petroleras estadounidenses a entrar, gastar miles de millones de dólares, reparar la infraestructura petrolera, que está muy deteriorada, y empezar a generar ingresos para el país". Esta visión del negocio petrolero parece sacada directamente de las décadas de 1940 y 1960. En aquel entonces, la industria petrolera y la política exterior estadounidense eran inseparables.