Por Víctor Fuentes, gerente de Políticas Públicas del IPE.Afinales de los ochenta se estrenó una comedia negra con una sinopsis absurda y simple: dos empleados pasean el cadáver de su jefe con gafas de sol, fingiendo que sigue respirando para que no se acabe la fiesta. La ridícula maniobra de la película "Este muerto está muy vivo" parecería ser hoy el enfoque de gestión del Gobierno sobre PetroPerú, que podría extenderse fácilmente a Córpac y a las empresas prestadoras de servicios de saneamiento (EPS) a lo largo y ancho del país.PetroPerú registró una rentabilidad negativa de 8% en el 2024, la peor entre las petroleras estatales de la región, y va camino a repetir el plato en el 2025: al tercer trimestre acumula pérdidas por US$355 millones, equivalentes a casi US$1.000 por hora. Para mantenerse a flote, ha necesitado más de S/24.000 millones en salvatajes del Estado, desviando recursos valiosos para el cierre de brechas sociales, pero sin un salto institucional equivalente.Pese a ello, la situación es crítica: PetroPerú le debe a sus proveedores del crudo que refina, a los del gas natural que usa para las máquinas de refinación y hasta a los de limpieza. El problema central es un gobierno corporativo capturado. En el último quinquenio la empresa acumuló 10 presidentes y, desde inicios del siglo, la permanencia promedio en el cargo se redujo de 49 a solo seis meses. Sin un directorio competente, blindado y autónomo, la transparencia y los controles se vuelven promesas imposibles de cumplir y la eficiencia operativa apenas una ilusión.(Edición domingo).